El Padre Gabriele Amorth nos presenta en su libro “Narraciones de un exorcista” un capitulo en el cual invita a una persona a dar su testimonio de lo vivido como consecuencia de la acción del maligno en una etapa de su vida. Sin lugar a dudas es necesario conocer este testimonio y aprender la importancia de llevar una vida plenamente sintonizada en la fe, así como terminar de convencerse que la acción de satanás es una realidad en el mundo.

Autor: P. Gabriele Amorth

EL TESTIMONIO DE UN AFECTADO

Este capítulo no es mío; se trata de un testimonio escrito con una rara claridad. Aun para el exorcista más experto, es siempre difícil identificar y comprender lo que sienten los obsesos. E inclusive una infestación que pueda parecer de mediana gravedad, oculta sufrimientos que el mismo paciente difícilmente logra describir. Este ha sido el esfuerzo principal de G.G.M.: tratar de expresar lo inexpresable, confiando en ser entendido sobre todo por quien está afectado por un mal análogo. (Padre Gabriele Amorth)

«Todo comenzó después de los 16 años. Antes yo era un muchacho feliz, desenvuelto y alegre, aunque me perseguía siempre una cierta opresión y a cada momento se me decía: “Nosotros hacemos esto; y ¿tú?”. No entendía yo el porqué, pero en ese tiempo esto no era problema para mí. Vivía en una pequeña ciudad marítima; el mar, el alba y los campos me daban una ayuda notable para estar alejado de la melancolía. Después de los 16 años me trasladé a Roma, dejé la Iglesia y comencé a frecuentar todo lo que en una gran ciudad atrae a un forastero, es decir, todas aquellas situaciones extremas que en los lugares pequeños son prácticamente desconocidas. Muy pronto conocí drogadictos, vagabundos, muchachas fáciles y todo lo demás por el estilo. Sentía cierta prisa de aprender todo este “ruido” que me alejaba enormemente de la paz que tenía antes. Comencé a vivir en esta nueva dimensión artificiosa, saturada, nauseabunda.

Mi padre era muy opresivo, controlaba todos mis movimientos y siempre estaba disgustado conmigo. La suma de estos disgustos y de todas las humillaciones que me daba me empujó a la calle como un trasto. Me fui de casa y conocí de cerca el hambre, el frío, el sueño y la maldad. Visitaba con frecuencia a mujeres ligeras y amigos pesados. Pronto surgió en mí una pregunta sin respuesta: “¿Por qué vivo? ¿Por qué me encuentro en la calle? ¿Por qué soy así y los demás, en cambio, tienen fuerzas para trabajar y sonreír?”.

En ese tiempo yo tenía una amiga que creía que el mal era más fuerte que el bien; hablaba de hechiceras, magos, y escribía cosas desorbitadas. Yo pensaba que ella era muy inteligente porque estaba más allá de la capacidad de un ser humano al escribir todas esas conjeturas sobre el mundo y la vida. Leí todos sus cuadernos y después la obligué a quemarlos delante de mí porque solamente hablaban del mal y me daba miedo tener esos papeles dando vueltas en la casa. Fui tan odiado por esta muchacha sin comprender el motivo; traté de ayudarle a salir de aquel hueco negro pero no lo logré; se burlaba de mí y del bien que yo le proponía.

Volví a casa con los míos, me enredé con otra muchacha peor que la primera y durante un año estuve triste, sin suerte y sintiéndome perseguido por todas las personas que conocía; me rodeaba una especie de oscuridad; la sonrisa había huido de mí y las lágrimas siempre estaban listas para mojarme el rostro. Estaba desesperado y de nuevo me pregunté: “¿Por qué vivo? ¿Quién soy yo? ¿Qué hace el hombre sobre la tierra?”. Naturalmente, en mi ambiente a nadie le interesaba todo esto y dentro de mí, en un momento de desesperación muy fuerte, grité con un hilo de voz: “¡Dios mío, estoy acabado! Heme ante ti… ¡ayúdame!”. Parece que fui escuchado; después de unos días la muchacha que tenía entró en una iglesia, hizo la comunión y se convirtió en un tiempo récord.

Yo, para no ser menos, hice lo mismo: di con una iglesiaen donde llevaban en procesión a Nuestra Señora de Lourdes; me llamaron para ayudar a cargar la imagen y aunque avergonzado, lo hice y después estuve orgulloso de ello. Hice la comunión y quedé impresionado del confesor, que fue muy bueno y comprensivo conmigo.

Salí de allí diciendo: “¡Ahora sí! He llegado al bien”. Y aunque no sabía qué era el bien, sentía que así era. Una semana después, oí hablar de Medjugorje, el lugar donde la Virgen se aparecía desde 1981. Partí de inmediato con aquella muchacha, también movido por un prodigio que no acierto a describir. Volvimos a la Iglesia en forma plena, cambiamos de vida, comenzamos a amar a Dios más que a nosotros mismos, tanto que ella se hizo religiosa y yo pensé en el sacerdocio. Ya no era capaz de contener mi alegría de tener un motivo para vivir y que la vida no se acaba aquí.

Pero esto solamente era el comienzo; en efecto, había “alguien” que no estaba contento de todo esto. Después de un año volví a Medjugorje y al regresar a Roma comencé a sentir el eco de aquella oscuridad en que vivía mi alma antes de descubrir a Dios. Al cabo de algunas semanas esta sensación que yo atribuía a la opresión de mi padre, a la condición de pobreza en que por varios motivos había vivido y a un tormento que yo creía normal sin entender que para los demás no era así; esta sensación, decía, se me hizo una realidad. Comencé a sufrir como nunca antes; sudaba, tenía fiebre y sentía que me habían abandonado las fuerzas, tanto que ni siquiera podía comer sin ayuda. Tenía la sensación de que sufría por algo distinto del cuerpo; en efecto, éste era como extraño a estos acontecimientos. Sentía una desesperación fortísima y veía, no sé con qué ojos, una oscuridad que obnubilaba no el cuarto donde estaba, no la cama en que desde meses atrás me hallaba, sino el futuro, las posibilidades de vida, la esperanza del mañana. Me sentía herido por un cuchillo invisible y sentía que quien empujaba este cuchillo me odiaba y quería algo más que mi muerte. Es muy difícil explicar con palabras, pero era así como lo he dicho.

Después de estar varios meses como un loco, cuando ya no razonaba, quisieron llevarme a un manicomio; yo ya no entendía lo que decía, porque vivía en otra dimensión: aquella en la cual sufría. La realidad como que estaba separada de mí. Era como si estuviera presente en el tiempo solamente con el cuerpo, pero el alma estuviera en otra parte, en un lugar horrible, donde no penetra la luz y no hay esperanzas.

Así permanecí durante muchos meses, entre la vida y la muerte y no sabía ya qué pensar. Perdí amigos, parientes y la comprensión de mis familiares. Estaba fuera del mundo y ya no me entendían, ni podía pretenderlo, sabiendo lo que tenía dentro, que nunca sabré describir. Casi me olvidé de Dios y aunque me dirigía a él con llantos y lamentos interminables, lo sentía lejano; con una lejanía que no se mide por kilómetros sino por negaciones; es decir, algo decía no a Dios, al bien, a la vida, a mí. Pensé en dirigirme a un hospital porque suponía que la fiebre que tenía desde meses atrás debía forzosamente depender de una causa física, y, quitada aquella, estaría mejor; y luego tendría que hacer alguna cosa.

En Roma, por la sola fiebre, ningún hospital me quería recibir y tuve que irme lejos, a 300 kilómetros, donde estuve 20 días sometido a exámenes y pruebas de toda clase. Salí sin lograr nada y con una historia clínica que le habría dado envidia a un atleta: yo estaba sano como un pez, pero una apostilla decía que nadie se explicaba la fiebre y la cara hinchada y cadavérica.

Estaba blanco como una hoja de papel. Apenas salí del hospital, donde todos mis males se habían atenuado un poco, entré en una crisis fortísima, vomité muchas veces, sufrí todo lo que un hombre puede sufrir y me encontré en un punto desconocido de la ciudad; cómo había llegado allí, no lo sé; las piernas caminaban solas, los brazos eran independientes de la voluntad y así el resto del cuerpo. Fue una sensación horrible; les mandaba a mis articulaciones y no me obedecían; a nadie le deseo que sienta esto. Como si no fuera suficiente, volvió la oscuridad que, esta vez, se extendió del alma al cuerpo. Veía todo como si fuera de noche, siendo pleno día. El sufrimiento había llegado a las estrellas; comencé a gritar, a retorcerme en el suelo como si tuviera dentro un fuego e invoqué a la Virgen gritando: “Madre, madre, ten piedad. Madre, ¡te suplico! Madre mía, necesito gracia, me muero”. Los dolores no se atenuaron y el sufrimiento era tan exasperado que perdí el sentido de la orientación y, apoyándome en los muros llegué a una cabina telefónica; logré marcar el número apoyando la cabeza sobre los vidrios y el teléfono; me respondió la única persona que conocía y que vino a traerme a Roma. Antes de que llegara percibí, como por una enseñanza externa, que había visto el infierno; no a tocarlo o a vivirlo por dentro, sino sólo a verlo de lejos. Aquella experiencia cambió mi vida mucho más que la conversión de Medjugorje.

Pero todavía no pensaba en realidades ultraterrenas, sino que me explicaba todo con motivos psicológicos: desadaptación, padre opresivo, traumas infantiles, schocks emotivos y otras cosas más, que, como un buen esquema, explicaban muy bien el porqué de lo sucedido. Había estudiado psicología durante cinco años como autodidacta y así había llegado a formular un esquema según el cual era obvio que sufriera. El día de Nuestra Señora del Buen Consejo, y por esto creí al haberla invocado, un religioso me aconsejó que llamara por teléfono a un carismático que actuaba bajo la estricta tutela de un obispo y tenía el don del conocimiento. Este me dijo: “Te hicieron un hechizo mortal para atacar la mente y el corazón, y hace ocho meses comiste una fruta a la que habían hecho un maleficio”. Me eché a reír sin creerle ni una sola palabra; pero luego, reflexionando, sentí que dentro de mí volvía a nacer la esperanza. Olvidé esta sensación y pensé en el fruto descrito y en los ocho meses anteriores. “Realmente, dije, comí ciertamente esa fruta”, y recordé claramente que no quería comerla por una repulsa instintiva contra la persona que me la ofrecía. Todo coincidía; entonces escuché también el consejo sobre el remedio que me sugirió, es decir, las bendiciones.

Busqué un exorcista y después de las varias risotadas de sacerdotes o de obispos y las humillaciones que me infirieron, a través de las cuales descubría un aspecto de la Iglesia ensombrecido por sus mismos pastores, llegué al P. Amorth. Recuerdo muy bien aquel día; todavía no sabía qué era una bendición particular: pensaba en una señal de la cruz, como hace el sacerdote después de la misa. Me senté, él me puso la estola alrededor de los hombros y una mano sobre la cabeza; comenzó a orar en latín y yo no entendía nada. Después de un rato sentí un rocío fresco, más bien helado, que me bajaba de la cabeza al resto del cuerpo. Por primera vez después de casi un año me abandonaba la fiebre. No dije nada; él continuó y poco a poco volvió a vivir en mí la esperanza: la luz del día se volvía luz, el canto de los pájaros no se parecía al de los cuervos y los ruidos exteriores ya no eran obsesivos sino que se habían vuelto simples ruidos; porque vivía con tapones en los oídos porque el menor ruido me hacía saltar.

El P. Amorth me dijo que regresara, y al salir sentí unas grandes ganas de sonreír, de cantar, de alegrarme: “Qué bello, dije, se acabó”. Era cierto, enteramente cierto lo que yo había sentido: era la rabia de “alguien” que me odiaba y no una locura mía lo que me hacía tanto mal. “Es cierto, repetía solo en el auto, es verdad todo”. Hoy han pasado tres años y poco a poco, bendición tras bendición, he vuelto a la normalidad y he descubierto que la felicidad viene de Dios y no de nuestras conquistas o de nuestros afanes.

El mal, la llamada mala suerte, la tristeza, la angustia, el temblor de las piernas, la rigidez de los nervios, el agotamiento nervioso, el insomnio, el temor a la esquizofrenia o a la epilepsia (en efecto, tuve algunas caídas) y tantas otras enfermedades de que yo era víctima, desaparecían al son de una simple bendición. Durante tres años he tenido prueba sobre prueba que demuestran, naturalmente sólo a mí, que el demonio existe y actúa mucho más de lo que creemos y que hace cuanto puede para no dejarse descubrir; hasta intenta convencernos de que estamos enfermos de esto o aquello, cuando realmente es él el autor de todo mal y tiembla ante un sacerdote con el aspersorio en la mano.

He querido describir esta experiencia mía para invitar a cuantos la lean a examinar este aspecto de nuestra vida que yo, infortunadamente, he experimentado plenamente. En conclusión, estoy feliz de que Dios haya permitido esta enorme prueba para mí, porque ahora comienzo a gozar de los frutos de tanto sufrimiento. Tengo el ánimo más puro y veo lo que antes no veía. Sobre todo soy menos escéptico y más atento a la realidad que me rodea. Creía que Dios me había abandonado y por el contrario era entonces cuando estaba moldeándome para prepararme a encontrarlo.

Con este escrito quiero también alentar a los que están enfermos como lo estuve yo, a no perder el ánimo porque, aunque parezca evidente, no hay que creer, ni siquiera en la evidencia, que Dios nos abandone. No es así, y los hechos son la mejor prueba de
ello. Basta perseverar, aunque sea por años. Debo además hacer una precisión, a saber, que las bendiciones tienen un efecto tanto más intenso cuanto más lo quiere Dios y no dependen de la voluntad del exorcista ni del exorcizado; y que esta intensidad, según mi experiencia, depende mucho más de la voluntad de conversión del sujeto que de las prácticas exorcistas. La confesión y la comunión valen como un gran exorcismo. En las confesiones de manera especial, si se hacen bien, he comprobado la inmediata desaparición de los tormentos mencionados; y en las comuniones, una dulzura nueva que no creía que existiera.

También hace años, antes de todos estos sufrimientos, me confesaba y comulgaba; pero siendo que no sufría, no podía ver, si así puedo decirlo, de qué me inmunizaba. Ahora lo sé, e invito sobre todo a los descuidados, a creer que Dios está realmente presente en la puerta del confesionario y en la hostia, que a menudo tomamos con gran distracción.

Asimismo invito a los escépticos a creer, antes que “alguien” tenga que ayudarles a la fuerza, como me sucedió a mí. Para terminar, me dirijo con una invitación a los pobres, que ninguno lo es más que ellos, los obsesos, a los odiados de Satanás, quien se sirve de los mismos conocidos, para matarlos o para oprimirlos. No pierdan la fe, no rechacen la esperanza, no sometan su voluntad a las sugestiones violentas ni a los fantasmas que el maligno les presenta.

Este es su verdadero objetivo y no el de dar sufrimientos o buscar el mal. El no busca nuestro dolor, sino algo más: nuestra alma derrotada que diga: “Basta, estoy derrotado, soy un juguete en manos del mal; Dios no es capaz de liberarme; Dios olvida a sus hijos si permite tales sufrimientos; Dios no me ama, el mal es superior a El”. Esta es la verdadera victoria del mal a la cual debemos responder aunque no sintamos ya fe, porque el dolor nos la ofusca. “Nosotros queremos querer la fe”; queremos querer; esta voluntad no puede tocarla el demonio, la voluntad es nuestra; no es ni de Dios ni del diablo, sino solamente nuestra, porque Dios nos la ha dado cuando nos creó; por tanto debemos creer (con san Pablo) que “en el nombre de Jesucristo toda rodilla se dobla, en el cielo, en la tierra y en el abismo”.

Esta es nuestra salvación. Si no creemos con firmeza, el mal que se nos ha impuesto, con maleficios o con hechicerías, puede durar años, sin mejoría. Además, para quienes se creen ya enloquecidos y no ven remedio, yo puedo atestiguar que después de muchas bendiciones este mal pasa como si no hubiera existido nunca; por eso no debemos temerlo, sino alabar a Dios por la cruz que nos da. Porque después de la cruz siempre viene la resurrección, como después de la noche viene el día; todo ha sido creado así. Dios no miente y nos ha preferido para acompañar a Jesús en Getsemaní, para hacerle compañía en su dolor y para resucitar con El.

Ofrezco a María Inmaculada este testimonio para que lo haga fructificar para el bien de mis hermanos en el dolor. Respondo con el amor, el perdón, la sonrisa y la bendición a quienes han sido instrumentos del diablo para producirme el martirio que he padecido. Ruego que mi sufrimiento les haga entrever la luz que también yo he recibido gratuitamente de nuestro Dios maravilloso».

G.G.M.

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