QUE ALGUIEN ME AYUDE A ENTENDER LA FE
“La fe tiene corazón, sangre y nervios” (Beato John Henry Newman)

por: Aurelio Cáceres A. (Editor)

Me preguntaba cuál era el motivo por el que la “fe” que una persona ansía tener y que a cuenta gotas obtiene, suele desvanecerse con tanta rapidez y no —en último caso— con la lentitud con la que generalmente la obtiene. Bueno, sin intención alguna de elogiar a la desesperanza, me parece que esto de cierta manera se constituye en un fenómeno que suele manifestarse mucho entre las personas que, en un arrebato de buena intención, desean hacer suya la creencia en algo o en alguien, y que luego de un corto período de tiempo se va, dejando una profunda sensación de vacío, sin nada con qué sostener aquellas buenas y preliminares intenciones; las que, en determinados casos, pueden llegar a desembocar en una desconcertante y poco recomendable desolación.

La fe, el concepto de fe, viene siendo manipulado —quizás mal entendido— de tal forma hoy en día, que las personas no llegan a enterarse de si la misma es una especie de conjuro al que se invoca cuando se desea ganar en algún juego de azar, o tiene algo que va más a allá de aquella súplica a la nada. Para que la fe dé un hervor y se convierta en un verdadero alimento debe contar con un ingrediente fundamental que, cual poderoso detonante, le permitirá actuar y nutrirnos en los momentos de apetencia e incluso sosteniéndonos en los de inanición. Y la fe —Dios permita que se entienda— está fundamentada
irremediablemente en el amor, éste es el secreto y vital ingrediente.

Aquel que hace verdaderamente suya la fe, está asimilando sin más a una persona que tiene corazón, sangre y nervios, como bien lo expresó el beato y próximo santo J.H. Newman. Recuerdo con cierta frecuencia la frase de San Agustín que en primer término parece simple al oído —me atrevería a decir que incluso simplona— en la que manifiesta con tanto acierto: “Ama y haz lo que quieras.” Digo simplona por la manera superficial con la que suele tomarse en primera instancia la palabra “amor”, con ese entendimiento mundano que parece identificarse más con lo puramente sentimental, que va y viene de acuerdo al humor de cada persona. La frase de San Agustín tiene una relación muy cercana y a su vez profunda con la fe; es más, a veces parece que me dijera: “ten fe y haz lo que quieras”, la siento así, la entiendo de tal manera. El amor y la fe pueden llegar a ser uno solo si te lo propones y empiezas a amar dejando de lado a tu propia persona, si te olvidas de ti mismo y reemplazas el espejo en el que sueles mirarte a diario por —quizás— un Sagrario, por la Adoración Eucarística, por la de la Comunión prolongada, el rezo del Rosario y, ¿por qué no?.. una breve oración cada día, la que a ti más te guste. Sí, para tener fe hay que empezar amando, porque nadie confía, se entrega o se da plenamente a otro si no lo conoce, si no empieza a amarlo, a hacerlo suyo. El Papa emérito Benedicto XVI, con esa sapiencia y a su vez humildad que suele tener para donar a los demás su entendimiento sobre nuestra fe, la expresa así:

“De hecho en nuestro tiempo es necesaria una renovada educación en la fe, que comprenda ciertamente un conocimiento de sus verdades y de los acontecimientos de la salvación, pero que sobre todo nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarle, de confiar en Él, de forma que toda la vida esté involucrada en ello.” (S.S. Benedicto XVI, 24 de octubre de 2012)

“Ama y haz lo que quieras”, porque habiendo empezado a amar te será más fácil hacer tuya la confianza y por lo tanto tener fe. Todo en uno, como una sólida edificación cimentada en roca, pero en roca pura. Y para que te sea más fácil aún tener fe, recuerda que la fe tiene un rostro y un nombre, es una persona y se llama Jesucristo, es de Él de quien tienes que empezar a enamorarte para finalmente llegar a hacerlo tuyo, tienes que ganártelo… ¿es que nunca te has enamorado? Porque, repito, Jesucristo es una persona, que tiene corazón, sangre y nervios, y se encuentra, así te parezca un poco difícil de creer, mucho más cerca de ti de lo que imaginas, y te está contemplando, está esperando que tú des el segundo paso, que lo correspondas, porque Él ya hace mucho que dio el primero.

Y para aquellos que tengan estipulado que la fe sólo se manifiesta si Dios única y exclusivamente lo quiere y lo tiene determinado para algunas personas, algo así como que estamos supeditados al capricho y al estado de ánimo de Dios, les dejo el enunciado que da el Catecismo de la Iglesia Católica, el que alberga las

enseñanzas (doctrina) de la Iglesia sobre nuestra fe, y sólo lo hago para empezar poquito a poco a ganar confianza en nosotros mismos:

«Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre» (C.I.C. No. 154)”.

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