Una reflexión sobre Santo Tomás de Aquino

Por: Aurelio Cáceres A., Editor de Ponle fe.

“Pues así como tenemos muchos miembros en un solo cuerpo, y no todos los miembros tienen la misma función, del mismo modo los que somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, pero en cuanto a cada uno somos recíprocamente miembros. Y tenemos dones diferentes conforme a la gracia que nos fue dada, ya de profecía (para hablar) según la regla de la fe; ya de ministerio, para servir; ya de enseñar, para la enseñanza; ya de exhortar, para la exhortación. El que da, (hágalo) con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que usa de misericordia, con alegría El amor sea sin hipocresía. Aborreced lo que es malo, apegaos a lo que es bueno” (San Pablo a los Romanos 12, 4-9).

Hace algunos años atrás, con mayor frecuencia que hoy, solía poner en práctica la buena y recomendable costumbre de visitar al menos una vez por semana a algún sacerdote amigo o conocido. Lo hacía con el fin de plantearle y aclarar mis inquietudes o dudas en relación a temas de orden teológico sobre diversos asuntos de nuestra fe. En una ocasión, luego de un enriquecedor discurso del presbítero y de indagar entre ambos la Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino y, uno que otro documento más, este sacerdote me sugirió —ya que parecía haber identificado cierto interés de mi parte por esclarecer mi conocimiento sobre la fe— que leyera la Opera Omnia de Santo Tomás de Aquino. Sin pérdida de tiempo copió desde su laptop a mi tableta un archivo digital que aún conservo devotamente conmigo y que, curiosamente, se ha constituido para mí en algo así como una pieza de museo. Ya habíamos intercambiado algunos libros con anterioridad, todos interesantes sin más pero, éste del Aquinate, me llamó la atención y empecé sin más a indagar al respecto.

—¿Qué libro es éste?, pregunté con auténtica inocencia y, sin pestañar, me contestó que era el compendio de todas las obras de Santo Tomás, agregando para más: —Está todo en latín, pero como el latín no es una lengua difícil puedes empezar a leerlo ya.

Vaya que uno puede llegar a ser realmente indiscreto en ciertas ocasiones, al menos para los asuntos que a uno le interesan. Porque cuando abrí el archivo me di con la sorpresa que el libro tenía 20,635 páginas y, sin exagerar, casi me caigo de espaldas. En aquel momento entendí, sin ninguna duda de por medio, por qué llaman a Santo Tomás “el coloso del pensamiento”. Inmediatamente mi mente empezó a especular: un hombre que vivió hasta los 49 años de edad, que logró escribir la magnitud de libros que escribió, tuvo que haber tomado muchas horas de cada día de su vida para hacerlo, haberlo hecho con cierta prontitud, contar con una mente prodigiosa y, además, haber recibido —por sobre todo esto que es lo más importante— la Gracia de Dios. Porque su obra no es para nada superficial, al contrario, es trascendental, fundamental en diversos sentidos.

Pero poco después, y gracias a Dios, leer el comentario de su fiel amigo, confesor y secretario fray Reginaldo de Piperno me hizo volver a pisar tierra: “La admirable ciencia del hermano Tomás proviene más de sus oraciones que de su ingenio. Este hombre de Dios reza constantemente y con un gran fervor para que Dios lo ilumine y le permita conocer las verdades que debe explicar”. El comentario define muy bien al santo, porque él fue un hombre que no sólo se destacó por su ciencia sino por su justo entendimiento que a Dios, por sobre todas las cosas, debemos amarlo. Todo en nuestras vidas debe estar justificado en el “Amor de Dios”, porque todo se inicia en Él y culmina en Él, tal como lo entendió el gran Tomás. Cuántas personas justifican su fe en un asunto de conocimiento, de puro y exclusivo intelectualismo, como si realmente el conocer a Dios fuese directamente proporcional a la cantidad de libros de fe que he leído. Amar, esa es la clave del cristianismo y, para ello, hay que bajar la guardia y entregarse.

Pero es fácil que uno pueda confundirse, como muchos lo hemos estado en algún momento, dejándonos embriagar más por los valores y el respeto humano que lo esencialmente espiritual. Por eso decidí hablar del Aquinate, que considero quizás uno de los mejores ejemplos que pueden darse para poder comprender, identificar y corregir los defectos que infunden las tentaciones —no sólo intelectuales— que acosan al ser humano. Él pasó una considerable cantidad de tiempo en su vida elaborando una obra que, por cierto, el mundo y su afán por querer etiquetarlo todo, no pudo dejar de catalogar como intelectual pero, más allá de ello, realmente más allá, lo que efectivamente fue y se constituyó sin duda alguna en la vocación de su vida fue el “Amor de Dios”.

Todo esto lo podemos ver plasmado en cada palabra de su monumental obra y su vida entera. Otra forma elocuente de poder identificar este amor que profesaba Tomás por el Señor son sus largas contemplaciones frente a Jesús Eucaristía, así como a través de sus virtudes que eran un claro reflejo de su espiritualidad, en definitiva, por la práctica de su fe. Cuan humilde solía ser el gran monje dominico, incapaz de manifestar arrebatos de soberbia, incluso en acaloradas discusiones teológicas con reconocidos intelectuales de su época, evadiendo siempre cualquier actitud ofensiva contra el semejante. “Tratad a los demás como deseáis que los demás os traten a vosotros”, era su lema.

Pocos meses antes de morir tuvo una visión celestial en la cual y, entre otras cosas, nuestro Señor le agradeció lo bien que había hablado de Él y le preguntó: —¿Qué quieres a cambio? Este humilde fraile le respondió: —“Señor, lo único que yo quiero es amarte, amarte mucho y agradarte cada vez más”.

A partir de este agraciado evento sucedió algo inconcebible para el mundo, Tomás no volvió a escribir más. Inevitablemente fue interrogado por tal actitud y al fiel Reginaldo le confesó una de las más grandes verdades que existen: —Es que, comparando con lo que vi en aquella visión, lo que he escrito es muy poca cosa.

Dios nos ha bendecido a todos obsequiándonos una serie de talentos, ciertos dones que nos deben identificar como hacedores de bien por medio de dichos talentos recibidos. Algunos tendrán cualidades para las ciencias y podrán, por medio de otro don, saber comunicar a los demás sus ideas. Otros serán padres y madres ejemplares, pacientes educadores, otros, a más, religiosos, etc. Así, todos con una cualidad u otra podrán identificarse a sí mismos y permitir que los demás puedan también reconocer en ellos los talentos recibidos. Mas, en torno a cada uno, la soberbia permanecerá pacientemente agazapada esperando el momento de hacernos presa suya, haciéndonos creer que dichos talentos son obras nuestras, que probablemente todo se origina en la médula de nuestros huesos, cuando nunca será así. Este será el motivo por el cual penosamente algunos se irán alejando cada vez más de Dios y, haciendo suyos otros dioses. En este mundo, todo es poca cosa comparado con la grandeza de Dios, pero curiosamente es por medio de este “poco” que ostentamos, que sumado al amor verdadero que le profesemos a Dios, que llegaremos a alcanzar finalmente la esperada grandeza.

“He aprendido más arrodillándome delante del crucifijo, que con la lectura de los libros”. (Santo Tomás de Aquino)

“A Dios es mejor amarlo que conocerlo”.(Santo Tomás de Aquino)

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